sábado, 12 de marzo de 2011

Otro cuento: La Cosa

La Cosa
¿Qué traía en el pote? ¿Había pescado algo? Lo vio abandonar definitivamente la playa, tomar el sendero, acercarse. Entonces lo reconoció: El hermanito de Sandra, se dijo. Cómo se llama, cómo… No pudo recordar su nombre. Volvió al tronco, al libraco, necesitaba sacarle una buena nota a Rodelo: “¿Es la administración un arte o una ciencia? Cabe decir…” Sandra se había visto obligada a explicarles a sus compañeros-después de un resbalón en plena aula: ¡Maldita sea, se me regó todo!-por qué andaba cargando en su mochila un pájaro tan estrafalario, hecho de alambres viejos y virutas de madera.
-Porque es un regalo de mi hermanito-dijo.
-Entonces cuélgalo de la mochila, mami-se oyó, y enseguida: ¡Exhíbelo, carajo!
-¿Están locos? ¿No ven que es feo? ¡Horrible! Lo conservo porque quiero evitar que a mi hermanito le dé una de sus pataletas. ¡Si ustedes vieran cómo se pone ése!
-Pero qué, ¿no se ha dado cuenta de que tú lo tienes escondido?
-Lo saco cuando estoy llegando a mi casa.
-¡Caramba! ¿Tanto miedo le tienes al pelao?
Se aproximaba.
-¡Hola, chica!
Le estaba hablando, la había reconocido.
-Tú eres Mara, ¿verdad?, la compañera de Sandra.
Puso el pote en el suelo y se sentó en los tablones del kiosco.
-¿No quieres hablarme, chica?
-Estaba marcando la página, para no perderme.
-¿Tienen parcial?
-Sí; de administración.
El muchacho soltó un silbido. Después se movió inquieto, mirando a un lado, luego al otro.
-Dime, ¿administrar es difícil?-preguntó finalmente.
-Bueno, una estudia para que resulte fácil.
-Eso es; si se estudia las cosas resultan más fáciles. ¿Tú investigas?
-¿Que si investigo?-¡Qué pregunta!-A veces. Toca; en la biblioteca, en las empresas.
-Yo vivo investigando, es lo que más me gusta hacer.
-¿Sí?
El chico guardó silencio, pensativo.
Mara abrió el libraco: “Cabe decir que la administración tiene tanto de arte como de ciencia.” De las dos cosas; el problema es sustentar la respuesta.
-¿Qué hay en el pote? Aparte del agua, claro.
-Es un misterio.
-Cómo así que un misterio.
-Todavía. Está tranquilo el mar, ¿ah? El aguacero lo dejó quietecito, por eso salieron los pescadores.
Mara echó un vistazo. Los pescadores seguían rebuscando en el trasmallo, rodeados de curiosos, y de alcatraces, por supuesto. Ni rastro del sol. La mañana se alargaba, plomiza, fría.
-¿Sabes a qué hora salí de la casa, Mara? A las cinco, apenas sentí que escampó.
-Apuesto a que tus padres ya están preocupados.
-Seguramente-dijo el chico, ido.
Bajó de los tablones y se acercó al pote
-¿Y si sale un brontonononsaurio del mar?-exclamó de pronto.
Mara no pudo evitar sonreír.
-¿Ahora?
El chico se volvió:-Mi papá inventó una vez un animal que tenía los ojos en las patas, un montón de patas y un montón de ojos.
-¿Tu papá te contaba historias?
-No. Mi papá y yo vivíamos inventando animales. Pasaba un perro, por ejemplo, y enseguida nos poníamos a inventar. “Mira, hijo tiene cuatro ojos”, me decía él, y entonces yo le seguía la corriente: que le había salido un cacho, que le estaba creciendo el hocico…
Un día cualquiera el tipo se fue de la casa, sin dejar ninguna razón. Según Sandra, su madre no tardó en averiguar la verdad: el muy irresponsable se había conseguido otra mujer, una muchachita, una amiguita… Sandra tenía 14 años, el chico 9. ¡Elías!, así se llamaba.
-¿Todavía inventas animales, Elías?
El chico no respondió. Movió el pote, el agua, más bien.
-Pensé que no te ibas a acordar de mi nombre-dijo luego, soltando el pote-. Es un nombre bíblico. ¿De dónde salió el tuyo?
-De una novela. Lo encontró mi mamá.
-Se oye bonito.
Una brisa suave y fría, procedente del mar, los arropó de pronto. Mara soltó el libro y se cruzó de brazos.
-¿Eres friolenta?-preguntó Elías, de vuelta a los tablones.
-Bastante.
-Yo no. Más daño me hace el sol. Mira, estoy lleno de pequitas.
Mara se detuvo a mirarle el rostro. Las pequitas empezaban justo debajo de sus ojeras. ¡Qué ojeras!
-Son naturales, siempre las he tenido.
Mara sonrió.
-Chéveres tus hoyuelitos-dijo Elías, bajando la cabeza. Cogió una varita y empezó a dibujar con ella en el suelo. Yo quería bailar, ¿sabes?
-¿Bailar?
-El día que mi hermana organizó su fiesta de cumpleaños. Todos estábamos muy contentos, sobre todo por el regreso de mi papá. Miercole, otra vez la brisa. Si quieres te prestó mi suéter, es grueso.
-Tranquilo, Elías, no te preocupes.
-A que no adivinas con quién me hubiera gustado bailar.
-Con Tina, me imagino.
El chico dio un respingo.
-¿Eres bruja o qué? ¡Eres bruja!
No; Tina había abierto la boca, habló mucho de su nueva conquista:
-¿Estás segura, Tina Tina?
-Ya ven; me tuvo en el lente toda la noche.
-¡Cómo eres!
-Se lo conté a Sandra, ¿y saben qué me dijo ésa?, que su hermanito se va a poner peor porque el viejo llegó hecho otro.
¡Otro! Mara reparó un poco al muchacho.
-¿Por qué me miras así? ¿Estás brava?, ¿brava porque te dije bruja?
-Qué va. Siempre tengo cara de seria; por eso fue que no te dieron ganas de bailar conmigo.
Elías sonrió.
-Pero si yo no sé bailar-dijo enseguida-. Te conté lo de la fiesta…
-Te llamó la atención el vestido de Tina, ¿verdad?
Elías volvió a sonreír.
-Te impresionó su pinta punk, acéptalo.
-¡Está loca! A mí me parece que está un poco loca. ¿Y a ti?
Ahora fue Mara quien sonrió.
-Lo está, Elías, bastante.
-Pero eres más amiga de ella que de mi hermana.
¡Caramba! ¿Qué podía responderle?
-Fresca, yo te entiendo.
Bajó de los tablones:-Yo entiendo algunas cosas.
Se acercó al pote, volvió a moverlo.
-Dime, Elías, ¿qué es lo que tienes ahí?
-Ya te dije que es un misterio, Mara. ¿Te gustan las películas de misterio?
-Algunas.
-Yo vivo buscándolas en el TV  Cable. Las románticas me parecen muy tontas.
-Pero si son buenas, Elías.
-Qué va. ¿Quieres que te cuente algo?
-Claro, cuenta.
-El otro día… bueno, hace como un mes, me encontré una uña cerca de Marbella. ¡Era una uña enorme!
-¿Quieres decir…?
-Toda la uña. Estaba negra y cuarteada.
-Me imagino que la botaste.
-La guardé unos días, en mi habitación.
-¿Qué?
-Dentro de una bolsita; como hacen los de C. S. I.
-¿Me estás diciendo la verdad, Elías?
Se puso serio:-Yo no miento. Nunca.
Mara recogió el libraco: “Como ciencia, la administración dispone de métodos, técnicas…”
-¿Analizaste la uña, Elías?
-Era de un muerto, te lo aseguro. Bueno, el tipo todavía estaba vivo cuando se la arrancaron.
-¡Jesús!
El chico le buscó los ojos.
-¿Estás asustada?
-¿Quieres asustarme? ¡Cómo eres de malo!
-Suelo encontrar muchas cosas mientras camino por la playa. Entonces pienso, investigo… Algunas cosas resultan interesantes, otras no.
-¿Te hubiera gustado ser un científico o algo así?
-¡Eres bruja!
-Cuidado, Elías, los científicos no creen en esas cosas.
-No, para nada. A mí me gustaban los números, ¿sabes?, en el colegio.
Se quedó pensativo.
-La debilidad no me dejó seguir-dijo luego-. Me daban muchos dolores de cabeza.
-Pero acaso…
-El doctor Jiménez le dijo a mi mamá que yo no podía estar forzando la mente. No volví a clases, y cuando agarraba un libro o algo así, mamá corría a arrebatármelo. Eso me daba mucha rabia. Además, ¡me entraban unos caprichos! Papá hacia lo posible por comprenderme. Después él se fue de viaje y todo se complicó en la casa.  
Calló.
-¿Sigues con los dolores de cabeza, Elías?
-Tomo pastillas. Eso ayuda.
-Claro.
-Y camino. Me despeja mucho caminar.
-¿Siempre sales a caminar tan temprano?
-No, hombre, no siempre, a veces salgo cuando ya es de tardecita, cuando el sol ya está fresco. Tuve una amiga que me acompañaba, ¿sabes?
-¡No me digas!
-La verdad es que yo la acompañaba a ella, porque ella quería.
-¿Cómo así? Explícame.
-Sonia salía a trotar muy seguido. Y a ella sí que le gustaba hacerlo temprano. Una mañana me gritó ¡ven, pelao!, y yo la seguí, así pasó. Y también pasó al día siguiente, pasó muchas veces, Mara. Después dejó de aparecer.
-Ya, entiendo. Qué fue de ella, ¿por qué no volvió a buscarte?
El chico se encogió de hombros.
-Esas cosas también hay que investigarlas, Elías.
Se levantó.
-He oído algo-dijo, andando un poco, en dirección del sendero.
-¿Qué cosa? ¿Qué es lo que dicen?
-Que Sonia se ha vuelto viciosa.
-¿Y tú lo crees?
-Para lejos de Lemaitre, casi no la veo.
-Eso...
-Todavía vives en Canapote, ¿verdad, Mara?
-Sí, con mis tíos.
-Podemos irnos juntos entonces.
-Claro, Elías. ¿Pero tiene que ser ya? Quiero echar otra repasadita.
-No hay problema. Tú echas tu repasadita y yo me dedico a buscar unas cosas.
Con el pote en la mano, obvio. ¿Qué buscaba?, ¿pedazos de alambre?, ¿virutas de madera? “La administración,  como arte, debe concentrar sus esfuerzos en la gente, en el personal.” Mara se echó a reír.
-¿Te ríes así en las clases, chica?
-¿En las clases, dices? Sí, allá también… ¿Quieres que te ayude?
-Claro, yo te voy explicando. Mira, mira allí; me gusta esa lata… se ve bien.
Mara recogió la lata.
-Qué más, ¿qué más quieres que busque, Elías?
-Los ojos. Tienen que ser grandes, ¿oíste?
-Grandotes, okey. ¿Cuántos necesitas?
-Dos, sólo dos.
Elías consiguió las patas, ella la boca, una boca grande, para variar.
-Una boca tragona, ¿ah, Elías?
-Tráeme todo, ven… ¡Pero por qué!
-¿Qué pasa?
Se trataba de sus padres; lo habían localizado, se aproximaban...
-¿Qué haces ahí, Elías Eduardo? Qué estás haciendo ahí, te pregunto.
La señora Ester, despeinada como siempre, metida en una de sus enormes batas, era la voz cantante.
-¿Qué te hemos dicho? ¿Qué te hemos advertido?
Ahora, aunque seguía hablándole al muchacho, era a la amiguita de éste a quien miraba, de reojo.
-¡Tanto decirte las cosas! ¡Tanto aconsejarte!-se volvió-: ¿Sí ves, Rodolfo?
El señor Anaya era el mismo sujeto del cumpleaños de Sandra: un tipo desganado, al que, para completar, quién podía dudarlo, le había caído un peso encima: su corpulencia; ahora, bajó la cabeza y suspiró.
-Tranquilízate, Ester-dijo finalmente.
-Ya quisiera yo estar calmada. Pero cómo hago, ¡llevo años en esta lucha!, ¡años!
-Vamos, hijo, ven conmigo.
Sí, ¡el señor Anaya quería ayudar!
-Mira a ver si puedes hablarle claro, Rodolfo, aunque sea una vez en tu vida.
El chico recogió el pote.
-Chao, Mara.
-¿Mara?
La señora Ester sabía ahora quien era la amiguita de su hijo.
-Tú estudias con Sandra, ¿verdad?
-Sí, señora, estudiamos juntas.
-Pero no eres amiga de ella.
¿De Sandra? ¿De ese incordio?
-Somos compañeras.
-Compañeras, ¿eh? ¿Habías hablado antes con Elías?
-Por favor, Ester.
-Tú no te metas, Rodolfo.
-Mejor vámonos, hijo, camina.
El chico obedeció. Pero entonces, la señora Ester se fijó en el pote.
-¿Qué llevas ahí?
-Nada, mamá.
-Espera, déjame ver. ¡Qué esperes, carajo!
El chico se detuvo:-Usted no lo conoce-dijo, volviéndose.
La señora Ester le arrebató el pote, miró…:-¡Estás loco! ¡Loco!-exclamó enseguida. Después, echó a correr hacia el sendero…
-¡Mamá!
El señor Anaya extendió un poco los brazos, levantó un poco la voz:-Tranquilo, hijo-dijo en definitiva.
-¡Llévatelo, Rodolfo!-exclamó la señora Ester, sin detenerse. Luego, procedió a levantar el pote sobre su cabeza… y siguió corriendo, internándose en la playa.
-¡Loco! ¡Loco!-gritó a continuación, arrojando el pote.
-Tranquilo, hijo-insistió el señor Anaya, tomando al chico del brazo.
Mara se animó a intervenir:-Yo puedo acompañarlo, señor Rodolfo. Verá, nos íbamos a ir juntos, porque yo vivo en Canapote, ya subiendo hacia Lemaitre.
-No sé, niña-le salió al señor Anaya.
-Deje que me vaya con ella, papá-le dijo Elías, zafándosele-. Ven, Mara.
-Claro, Elías, vamos.
-¿Qué pretendes, muchacha? ¿Ah?-La señora Ester estaba de vuelta-¡Siempre tiene que aparecer una vergajita! Seguro que la cosa ésa… ¡Espera, Elías!
El chico había echado a correr.
-¡Hijo!-exclamó el señor Anaya, moviendo un brazo, el menos pesado quizás.
-¡Corre, imbécil!-lo azuzó la señora Ester-, ¡no dejes que se vaya solo!
Elías seguía corriendo, rumbo a Marbella, el señor Anaya se animó a hacer lo propio.
-¿Sabes a dónde se dirige, muchacha?
Mara se volvió:-Ni idea, señora Ester-dijo, serena-; no he visto la Cosa, todavía no.
-De modo que… ¿Qué pensaban hacer con esa maldita lata? Has estado dándole cuerda a Elías, ¿verdad?
Mara guardó silencio.
-Voy a decirte algo, muchacha: Elías es un muchacho enfermo. Toda la vida va a ser una persona enferma. EN-FER-MA, ¿comprendes? ¡Di algo! ¡Me desespera verte  tan callada!
-La estoy escuchando, señora Ester.
-Quieres escucharme, ¿eh? De acuerdo, muchachita. Oye bien entonces: Elías no tiene una idea muy clara de las cosas; va a terminar por creer que tú eres su enamorada o algo así, en su mente, allá en su cabeza. ¿Pretendes hacerle ese daño? Dime, ¿te gusta sentirte rara?,  ¿es eso? ¿Qué crees que va a pensar la gente si te ve andando con mi hijo?...  ¡¿A dónde vas?!
-A investigar-dijo Mara, apretando el paso.
-¿Quieres hacerme creer que estás loca?
-¡Y llena de vicio! Píenselo.
¿Había callado a la vieja? Qué va. Lo mejor que podía hacer era ignorarla. Siguió andando… ¿Dónde había caído la Cosa? Dónde, a ver…Tremendos ojotes, tremenda bocona…  ¡Ahí estaba el pote!, y también… se trataba de un sapo… de un pez, de un pez sapo; pequeño aún, ¡pero ya tenía la pinta!
-Qué pinta, ¿ah?...
Lo recogió de la arena.
¿Se había acabado el misterio? No.
-Necesito una bolsa. Estoy necesitando una bolsita, Elías.
Fin


 


 



martes, 1 de marzo de 2011

La carta a mi madre

La carta a mi madre
Mi madre está desaparecida, llega ahora esa noticia, ¿de dónde?, no importa. Mi madre es lo que por ahí llaman una putona, lo dice todo el alfabeto. Mi madre puede estar con cualquiera, con cualquier tipo, obvio, y en cualquier pretil si se le antoja. Mi madre vive, la observo con atención y me digo que puedo jurarlo, ¿cuántos años tenías aquí, madre?, debo reconocer que en realidad eres muy bonita. ¿Por qué habré descubierto esta foto justo ahora?...

Querida y apreciada madre:
Te saludo enviándote un abrazo y un beso, y pinto el abrazo y pinto el beso para que veas cómo quedan de bonitos, pero mira, lo mejor es que al pintarlos tengo que pintarte a ti, y al pintarte a ti no sé por qué pero siento que te correspondo, lo digo por la foto, ¡tú sabrás comprenderme!
¿Qué dirían mis compañeros de estudio si leyeran esta carta?, dirían que te estoy escribiendo como si yo fuera un pelaito, y pechichón además, que qué pendejada lo del abrazo y el beso, y seguro que Fuentes, mi enemigo mortal, me recordaría al tal Trinche, los dientes podridos del Trinche, que tú anduviste con ese puerco y que seguramente te le pegaste en la boca: Ay, Trinche, como te quiero, Trinche…

Querida y apreciada madre:
Te saludo enviándote un abrazo y un beso.
Te cuento que no me he portado del todo bien: hace poquito le di una paliza a Fuentes, el hijo de la bollera, le saqué el aire y le partí la boca, la verdad es que te estoy contando todo esto porque considero que se me fue la mano, ojalá que sepas comprenderme, que comprendas que soy un chico y que a los chicos nos cuesta mucho controlarnos.
A continuación, paso a referirte otras cosas: La gente está decorando la calle, como ya se acerca la Navidad, mamá Jose y papi ya terminaron de adornar el frente de nuestra casa, y tengo que contarte que lo hicieron muy cristianamente, con imágenes bíblicas y todo, yo tuve que dedicarme a Jesús, a pintarlo, tú sabes, a pintarlo por completo, de los pies a la cabeza, porque el Jesús que ellos dibujaron te juro que se parecía  a Bin Laden, ¡sólo le faltaba el turbante!, para mí que ellos ven demasiados noticieros, ésa es su costumbre.
Bueno, como venía contándote, se nota que nuestra calle va a lucir bien adornada, la gente dice que este año podemos aspirar a ganarnos el trofeo que le dan en la alcaldía a la comunidad más navideña, ¡si a cierta persona no se le ocurre pelearse con algún vecino!
Mejor te cuento todo: Mamá Jose le pidió a la Coso que por favor aguante sus eternas ganas de pelear, y créelo, la Coso se está portando bien.
Mejor te cuento todo todo: la Coso no  ha tirado puño, muy cierto, pero está usando su lengua, dice que nada tendría de raro que papi resultara siendo mi verdadero padre, que tú te acostaste con todo el mundo, dice que papi demostró demasiado empeño en adoptarme, en darme su apellido, que ahí hay gato encerrado, dice que el Niño Dios debería ponerme de regalo la pura verdad, la rabia que va a coger mamá Jose cuando se entere de  esos comentarios.

Querida y apreciada madre:
Te saludo enviándote un abrazo y un beso.
¿Qué puedo contarte?, empiezo por lo más chévere, oye bien: dicen que seguramente nuestra calle se va a ganar el trofeo que todos los años le entrega la alcaldía a la comunidad más navideña, la verdad es que nos lucimos, y me incluyo  en el cuento porque yo también puse mi parte, y qué parte: imagínate, mis queridos viejos disparatearon a Jesús, ¡el dibujo más importante!, tuve que auxiliarlos, después mamá Jose me dio un abrazo de felicitación, contenta, contentísima, le noté y le sentí su alegría, créeme, llegó a decir que yo me merezco el trofeo, ¿yo?, ¡ella!, más que cualquier otra persona.
Ahora, sorpréndete: hemos tenido mucha paz, la paz que necesita una calle, sobre todo si esa calle pretende ganarse el premio que tú ya conoces, mamá Jose dice que la vecindad llegó a un acuerdo, y bueno, viva Dios, si vieras como nos saludamos todos, con sonrisa incluida, ¿oíste?
Lo mejor: a los pelaos nos van a organizar una fiesta el veinticuatro, ¡para entregarnos después el regalo de navidad!, me pregunto cuál va a ser el mío, dicen que los juguetes son bonitos y de muy buena marca, la verdad es que estoy emocionado, ¿tú no lo estarías?
Presta mucha atención ahora: los Castro han mandado lejos a la Coso, según dicen para protegerla, ¡yo no sabía que la Coso era la mandamás de una clínica!
Mamá Jose dice que yo no debo preguntar nada, y le he obedecido, como siempre, pero mira tú, ¡ella habla tan alto!, le oí decir la otra noche que Zuli, la de los Mejía,  ya no quiere el regalo del Niño Dios, que ya no quiere el regalo que le empaquetó el hijo del cachaco Silfredo, lo dijo imitando el hablado ronco de la Coso, después se quedó en silencio, y eso me preocupó bastante, ¿me había sentido?, salí corriendo, no quería contrariarla.
Ya en la calle, intenté distraerme, no pensar, pero maldita sea, fui derechito a toparme con uno de los Castro, con el más peludo de todos, me dijo que me apartara, apártate tú, ¡apártate maldito aborto!…   

Querida y apreciada madre…

Querida y apreciada madre:
Te saludo enviándote un abrazo y un beso…

Querida y apreciada madre:
Te saludo enviándote un abrazo y un beso.
Es bueno lo que tengo que contarte: el Niño Dios me va a poner dos regalos este año, te cuento que además del que tú sabes…

Querida y apreciada madre:
Te saludo enviándote un abrazo y un beso. 
Paso a contarte lo siguiente: el Niño Dios me va a poner dos regalos este año, el de mamá Jose y papi, ¡una bicicleta!, y el que hayan escogido para mí los de la vecindad. No te sorprendas, acá se vive un ambiente muy especial este año, si vieras como ha quedado de adornada la calle, dicen por ahí que nos vamos a ganar el premio que le entrega la alcaldía a la comunidad más navideña, me incluyo en el cuento porque el decorado de mamá Jose y papi se salvó gracias a mí, aunque debo reconocer que sin ese par de viejos… sin ellos…
Sigo, el caso es que para no quedarse sólo con lo de la decoración, la comunidad decidió comprarles a todos los niños de la calle, a todos, sin excepción, ¿oíste?, un buen regalo de navidad, ¿cuál me va a tocar a mí?, ni idea, chévere que se tratara de un instrumento musical, la verdad es que sí la Coso pudiera ayudarme en eso… la verdad es que cuando la Coso se sentía atacada respondía en el acto, me pregunto, madre, si alguna vez te peleaste con ella, creo que no, no lo hiciste, tú no, sí la Coso pudiera… ¿no te lo he dicho?, los Castro la han mandado lejos, según dicen para protegerla, yo no sabía lo de la clínica, madre, no lo sabía...
Sigo con lo de los pelaos, antes del regalo, nos van a complacer con una fiesta, a mí no me gusta mucho el baile, pero intentaré moverme como pueda, ¡miercole!, veo llegar a Fuentes, mi enemigo mortal, va a atacarme, va a decirme que tú te movías igual que una puta, que terminabas acostándote con todos los que te sacaban a bailar…

Querida y apreciada madre:
Te saludo enviándote un abrazo y un beso.
Te cuento que no me he portado del todo bien: hace poquito le di una paliza a Fuentes, el hijo de la bollera…
FIN
     
    








martes, 18 de enero de 2011

Dios te bendiga, Elena
                                  ...Dios te bendiga, má
                                  Dios te bendiga, Elena, por haberme dado la felicidá.
Las cuatro mudas de ropa que tantas otras veces le había lavado y planchado. Los zapatos de salir, mocasines porque son muy suaves, vieja, negros porque el negro pega con todo, ¿no le parece a usted? El frasquito de Lapidus que había sacado a crédito en la miscelánea de las Pacheco, ¡para andar con olentina! Los tres libros del bachillerato: El túnel, Edipo Rey, Pedro Páramo. La violina en la que aprendió a tocar tantas canciones… El reloj.
Puso todo sobre la mesa y se encaminó hacia el patio, decidida. El viejo había recostado el taburete en uno de los horcones del cadrizo, reposaba.
-¿Dónde está, Mariano?-le preguntó.
El viejo abrió los ojos, volteó a mirarla: se trataba de la misma mujer… básicamente del mismo Carácter y la misma Lucidez. ¿La seño es así?...
-Lo botaste, ¿verdad?-prosiguió ella.
Sí, lo había tirado en el campito.
-Lo hiciste, ya veo.
En el campito. ¿Había pensado asignarle algún papel la seño puro cariño y pura tarea? ¡Un papel!, ¡al suceso!: los hijos de la vieja Dilia le habían puesto las varitas, la cola y demás arandelas y qué vuele. Era agosto, volaba: “A los pelaos no quisimos dejarlos botados por ahí, preferimos el río, lejos del puerto”, declara el tipo, mientras los otros, los circunstantes de aquella Sala de la Justicia, se abanican, espantan las moscas…
-Levántate, Mariano.
-Mejor piensa en lo que te dije, Elena-señaló el viejo, cerrando los ojos, recostando la cabeza en el horcón-. Vámonos, salgamos de este infierno.
La seño fue contundente:-No; eso nunca.
Entonces, el viejo volvió a abrir los ojos, levantó la mirada… “Pedro el de la seño Elena”, se dijo, pero sintiendo desde ya el peso real del ataúd, del ataúd que según sus cálculos…
-Bájalo, Mariano-indicó la seño-. Bájalo que yo me encargo de la diligencia-añadió, encaminándose hacia el portón.
¿La seño es así, Pedro?
-Así cómo.
¿Así de revolucionaria?
-Para mí que está como que dictando una clase. Me parece, se me ocurre.
El odio devora las ciudades que dejan que perros
         y bestias salvajes le den ritos funerarios a sus muertos.
Canción: Antígona
                                                           Canta: Tiresias.     









martes, 11 de enero de 2011

Los servicios de Nata

Los servicios de Nata
1
Fui virgen durante laaaaargo tiempo. ¿La razón? Las razones, más bien, todas las que ustedes puedan imaginarse, todas menos una: Sepan, señores, que estoy muy lejos de ser una mojigata, que nunca lo he sido. Les concreto el dato de mi virginidad: conservé intacto el tal himen hasta el otro día, hasta hace poco menos de un año; recién acababa de cumplir los 29 cuando mi telita voló y voló. El cuento de la telita es éste: mi primo Nicolás, que es todo un perro, un convencido de las bondades del sexo, a decir verdad, me había dicho unos meses antes: -Que no te coja el tercer piso con la telita sana, prima, qué peligro.
Yo sabía muy bien de lo que estaba hablando, pero me hice la loca.
-¿Cuál telita?-le pregunté.
-No me digas que ya voló y voló.
Guardé silencio, y entonces él me miró directamente a los ojos, inquisidor.
-¡Qué va!-exclamó finalmente-Dime una cosa, Nata-prosiguió, sin dejar de mirarme-, ¿has mantenido intacta la cosita esa defendiéndote con el otro huequito?
-¿Qué?
Se echó a reír, ¿y ustedes qué creen?, alcancé a sentirme indignada:-¡Por favor, Nico!
-Oye bien: conocí a una chica que solía hacer eso.
-¿Te acostaste con ella?
-Desde luego; yo llamo a esa jornada el “día del culo”.
-¡Cómo eres!
-¿Entonces?
-Entonces qué.
Volvió al ataque: su primita y amiga debía permitir que le reventaran de una buena vez la sagrada telita, era un asunto impostergable.
Se despidió dándome un besito en la frente:-Te salvas porque yo aprecio demasiado la amistad-me dijo, con su sonrisa más retorcida: el vergajo sabía perfectamente que yo estaba empapadísima, vuelta chorritos.
Corrí a mi cuarto y me desnudé, pensando en la requete mencionada telita. Tuve que masturbarme, con cuidado, obvio. ¿Con cuidado?, me dije, y fue entonces cuando se me ocurrió meterme el dedo en el culo. ¿Pensando en quién? En Nico. Escandalizada de nuevo, pero esta vez de un modo mucho más excitante; recordé, y muy bien, lo que suelen decir de mí querido primo: que tiene una verga ¡enorme! ¿Me atrevería yo a…? Me las ingenié, me metí otro dedo en el culo, ¡vaya sensación!, y acomodé mejor el de mi coño, con cuidado, obvio. ¡Bendita telita!, exclamé enseguida, mientras el dedo intentaba darme y darme… Dos meses después conocí a Yuldor, y ¡adiós virgo!
2
Yuldor, que trabajaba para una agencia de viajes, se apareció cierto día en mi oficina ofreciéndome un ¡espectacular Plan de Vacaciones!, lo dijo así, mirándome directamente a los ojos, y como quien puede demostrar su verdad al instante.
-¿Qué es lo que tiene de espectacular?-le pregunté, arrellanándome un poco en la silla, y tratando de explicarme al tiempo la curiosa atracción que despertaba en mi aquel tipo flaco, narizón y de manos enormes.
-Te sorprenden mis dedos, ¿ah?-me dijo, sonriendo.
Me sentí pillada, y lo peor, no entendía por qué carajo tenía que sentirme así.
-Ni tus dedos ni tu plan-dije, ya a la defensiva.
Se levantó, y entonces descubrí que era lo que me atraía del tipo: el bellaco podía ser agresivo. ¿Agresivo de verdad? Eso estaba por verse.
Apoyó las dos manos en el escritorio y se inclinó un poco, clavándome otra vez los ojos:-Yo tomé ese plan el año pasado, ¿sabes?
-¿Y?
-Tuve sexo como nunca antes lo había tenido.
Me hice la afectada:-Esa empresa tuya debe ser una porquería, y tú igual.
El tipo ni se inmutó:-Tienes un poco de razón en lo segundo. Dime, ¿has hecho el amor en esta oficina?
Se me ocurrió decirle la verdad:-Soy virgen; todavía tengo intacta la telita.
Quedó sorprendido… por lo de la telita.
-Voy a hacer una llamada, ¿sabes?-le dije, sintiendo el primer chorrito.
-¿Vas a llamar a tu madre?
-No; a un tipo que quiero como si fuera un hermano.
-Ya veo porque sigues virgen.
-Voy a llamarlo-insistí, pero no pude aguantar la risa: se me había ocurrido la idea de llamar a Nicolás, describirle al fulano y preguntarle después lo que ustedes se están imaginando. Seguí riendo, y soltando chorrito tras chorrito.
-Cuéntame-dijo mi verdadero desvirgador, y eso hice, le conté la historia de la telita.                
Rió conmigo, amistosamente, me pareció, sin la lascivia de hacía un momento.
-No esperaba reírme tanto, reina.
-¿No?
Volvió a sentarse:-Me la juego a que no eres virgen totalmente.
Chévere su apuesta, muy propicia para lo que yo quería: seguir soltando chorritos.
-Totalmente no, me han metido el dedo, me la han chupado…
-Y tú…
-He chupado un poquito; le chupé el glande a cierto individuo.
Rió: ¡El glande!
Se estaba burlando de mí el bellaco.
-¿Quieres que te la chupe? Puedo atormentarte, te lo aseguro.
-¡No me digas!
Salí de mi cueva, chorreando de lo lindo.
-¿Vienes, reina?
-Voy.
El tipo se abrió la bragueta.
-Sácala, quiero verla.
La sacó: no era muy larga, pero si lo suficientemente gruesa como para obligarme a abrir al máximo la boquita; estaba viscosa y roja, y tenía una vena que ¡parecía latir!
-¿Te gusta, reina?
-Para que voy a decirte que no si sí.
-Entonces…
-Voy a tener que chupártela.
Ése era mi propósito, pero estaba intentando apenas acomodármela en la boca, cuando alguien llamó a la puerta…
-¿Quién es?
-Carla, doctora.
Se trataba de mi secretaria.
-¿Qué pasa, mujer?
Adivinen ustedes, ¡mi novio estaba plantado en la recepción!, quería verme.
-Hazlo pasar, Carla, que pase.
Alberto era mi novio desde hacía dos meses. Les adelanto dos daticos acerca de él: Uno, decía quererme mucho; dos, no me había hecho la más mínima propuesta sexual.
-¡Qué tipo tan intenso!-exclamó mi amorcito, entrando-Dale y dale con lo de su Plan; deberías sacarles el cuerpo a los locos como ése.
-¿El cuerpo?
-Negarte a atenderlos, quiero decir.
Sonreí; y luego:-Dame un besito, Alberto, ven.
¿Y ustedes qué creen? Busqué su lengua en cuanto recordé que hacía apenas un instante me había metido en la boca la verga del tal Yuldor… Alberto se quedó sin aire, tuvo necesidad de escabullírseme.
-¡Amor!-exclamó luego.
Y yo chorreando, apreté las piernas, me estremecí… ¡Me estaba corriendo!
-¿Qué tienes, Nata?
-Ven, Alberto, abrazame... Mira tú, mira…
3
“Y pasó”, le dije a mi primo, más tardecito.
No pareció sorprenderse:-De modo que te reventaron la telita en tu propia oficina.
Tuve que ser sincera:-La verdad es que no, Nico, Alberto prefirió llevarme a un hotel.
-¿Fue él el del miedo? Bueno, hay que comprenderlo, que tal que hubiera entrado tu secretaria y, “¡oh, la está matando!”, “¡la doctora está herida!”
-Alberto se sorprendió mucho, ¿sabes?
-No me digas que quiso reconsiderar el asunto.
-Pues sí, cómo te parece.
-Fatal.
-No exageres, primo.
-Dime, ¿te gustó?
-Me dolió, más bien.
-¿Y la segunda vez?
-No hubo segunda vez.
-¡Fatal!
El segundo polvo me resultó un poquito más placentero.
-¿Dónde lo hicieron, prima?
-En su apartamento.
-Y dices que lo disfrutaste.
-Me gustó que me pusiera en cuatro, y sentirla tan adentro.
-Pero no explotaste.
-Ya te dije, un poquito.
-No, prima, se explota o no se explota.
¿Y en el tercer polvo?
-Me puso encima de él, y créeme, le di y le di, salté, licué…
-¿Pero qué?, y perdóname la rima, primita.
-Estuvo bien, es que no ha estado mal.
-Ya me seguirás contando, Nata, a mi regreso.
Y bueno, voy a contarles a ustedes la historia que le tengo guardadita a mi querido primo, que ya está próximo a regresar de Bogotá, donde… eso no importa.
4
Seguí acostándome con Alberto, intentando disfrutar de lo que por ahí llamarían su veintiúnico polvo. Cierta tarde entró a mi oficina con un acelere que me encantó…
-Tenía muchas ganas de verte, amor, ni te las imaginas-me dijo, recostándome a la puerta, metiéndome mano, qué delicia.
Busqué su boca, su lengua…,  pero qué, carajo, era la verga lo que yo quería chuparle…
-Espera, amor, espera.
Me encaminé hacia el escritorio:-Ven, cómeme… aquí, aquí… ven…
-¡Amor!
Puse a volar mi faldita…
-Ya, amor, ya.
¿Ya? ¡Venga, papito!, y enseguida le caí a su verga. ¿Qué pasó?
-No, amor, espera.
Pero yo seguí chupando, asegurándome de que a cada instante sintiera mi lengua…
-Para, amor, para…
¿Que parara? Eso quería decir… se corrió, estrellándome el primer chorro en el cielo de la boca; tragué un poco, liberando al tiempo su verga, que siguió disparando en todas las direcciones, hasta me quedé tuerta… Me pringó toda la cara de leche, y era leche lo que seguía escurriendo de mi boca, ¡vaya espectáculo! Alberto lo contempló un instante, y no precisamente extasiado… Recosté la cabeza en el escritorio, y ésa fue mi perdición…
-Tenías muchas ganas de hacerlo aquí, ¿verdad, Nata?
Adiviné el curso de sus pensamientos, no dije nada.
-Tenías ganas de hacerlo, y aquel día…
Uy, peligroso el asunto.
-… ¿Conocías al tipo del Plan?
Me limpié la boca…
-¡Te atreviste a besarme después!
Mierda, ¿qué podía decirle?
-Quédate así, Natalia.
¿En silencio?
Se guardó la cosa, se pasó la mano por la cara, después por el pelo…; tenía ganas de levantarme a cachetadas, pero era un tipo decente, demasiado decente. ¿Y yo?
-Ay, Alberto, estás…
¡Quise mentirle!
-Me largo, Natalia.
Oh, Alberto tan decente y acababa de decir “me largo”. No tiró la puerta, por supuesto.
“¿Volverá?”, tuve el descaro de preguntarme frente al espejito, mientras trataba de recomponer mi cara. Pero oigan ustedes, el hombre llamó, pasada una hora.
-…No esperé a que te defendieras, Natalia, quiero ser justo.
Ay, carajo.
-¿Me estás oyendo, Natalia?
-Te oí, Alberto, te oí.
-¿Y entonces?
Yo sabía muy bien por qué había llamado, cuál era su anhelo.
-No, eso no-musité.
-¿Qué cosa, Natalia?
Fui franca y explicita:-Quería hacerlo, Alberto, y alcancé a meterme la verga del tipo en la boca.
-¡Y después me besaste, Natalia!-exclamó Alberto, indignado, mientras yo empezaba a sentir las consecuencias de mi sinceridad: un chorrito, dos chorritos…
-¡Perra!
Oh, hasta el tipo más decente puede estallar.
-¡Eres una perra, Natalia!
¿Qué podía hacer la perra?:-Adiós, Alberto. 
-No vayas a colgar, no vayas a hacerlo.
Dicen que las mujeres podemos llegar a ser muy masoquistas, yo digo que los hombres también.
-Ya es suficiente-indiqué, pero pensando en mí.
-¡No vayas a colgar!
Qué cosa. Esperé en silencio.
-¿Conocías al tipo ése? ¿Lo conocías?
Colgué.
No volvió a llamar. Al día siguiente me mandó una notica: “Devuélveme mis discos, por favor.” Quería verme, sin duda. ¿Para qué? Me imaginé la siguiente película: El tipo había comprendido que lo que yo deseaba era tener sexo, y bueno, sexo me iba a dar, me iba a dar hasta por el culo. ¿Por el culo? Solté dos, tres chorritos…, y tuve que interrumpir la película. ¿Asustada? Qué va, la interrumpí porque se me atravesó mi primo, la gran verga de mi primo, más exactamente. Al final, me entró un ataque de risa: se me ocurrió escribirle una notica a Alberto: “¿Quieres verme? Listo, pero tienes que estar muy dispuesto a comerme cuando yo quiera, donde yo quiera, como yo quiera y por donde yo quiera. Por favor, marca con una x  SI_  NO_” ¡Cómo me reí! Después tiré la nota en la caneca de la basura. “Te deseo lo mejor del mundo, Alberto”, escribí en el memo que anexé al paquete de discos. Por suerte, Alberto no volvió a aparecer. Un día supe que había emigrado a los Estados Unidos. ¿Estará teniendo tanto sexo como yo? Lo dudo. Anoche, por ejemplo, fui barrenada por completo. Me quedó ardiendo, ¿saben?, todo, quiero decir. Soy sincera: mi machucante la sacaba de un sitio y la metía en el otro…
5
Ya cerrado el “asunto Alberto”, se me ocurrió pensar en Yuldor. ¿Por dónde andaba? ¿Qué había sido de él? ¿Por qué no había intentado buscarme? Se guardó la verga, cerró la bragueta del pantalón y salió volando de mi oficina. ¡Pero tuvo el descaro de ofrecerle a Alberto su famoso Plan! Sonreí: Si no había vuelto…
-¿Aló?
-Buenas tardes, ¿podría usted comunicarme con el señor Yuldor Reyes?
-Lo siento, el señor Reyes ya no trabaja en esta sucursal.
-¿No?
-Fue trasladado a Santa Marta. ¿Necesita usted algo? ¿Está interesada en alguno de nuestros Planes?
-No; se trata de algo personal. ¿Tiene usted un número telefónico donde pueda ubicar al señor Yuldor Reyes?
La tipa suspiró, aburrida, sin duda.
-Anote.
-Dígame, la escucho.
Anoté el número, pero después me acordé de algo que me había dicho mi primo Nicolás: “Tú eres cazadora, Nata” “¿Cazadora yo?” “Lo que pasa es que aún no sales de la madriguera, prima”  
Podía ser cierto. Y caramba, había sido invitada a una fiesta ese día.
-¿Eres tú, Nata? No me digas que te animaste.
-Ya seleccioné la faldita, Eduar.    
-¿Vienes en mini?
-Ni tan mini la cosa.
-Yo sabía que era puro cuento.
-No has oído lo bueno.
-¿Qué es lo bueno?
-En compensación no voy a llevar pantaleta.
Eduar se extrañó:-¿Que qué?
Yo había llevado el jueguito demasiado lejos. ¿Estaba él hablando realmente con su amiga Natalia?
-Tranquilo, Eduar, sólo fue un chiste.
-Lo sé, Nata, sé perfectamente…
-Voy a ir a la fiesta, Eduar.
-Chévere, me parece fenomenal. Te espero. A las nueve, ¿oíste?
-Okey, nos vemos.
Eduar había sido compañero mío en la universidad; se trataba de un tipo bastante agradable, siempre cordial y respetuoso. ¿El motivo de su fiesta? Había dejado de ser supervisor, ahora era jefe. Se lo merecía, esa era la verdad.
Bueno, al grano. Ya en la fiesta, me asaltó una pregunta: ¿Qué tipo de cazadora era yo?...
-¿En qué piensas, Nata?
-Seré prudente, Eduar…
-Siempre lo has sido, cariño.
-…y sigilosa...
-Yo diría que también.
-…ése tipo de cazadora, ¡èse!
-¿Cazadora Mercedes?
Eduar pensó que yo estaba mirando a Mercedes su ex novia. Error.
-Dime, amigo mío, ¿quién es el fulano?
-¿Cuál fulano, Nata?
-El que está hablando con Mercedes, bobo.
El tipo se sintió observado… Saludó a Eduar.
-Se llama Julián-me dijo éste-. Y es un perro, ¿oíste?
-¿Un perro para perras?
-Y para actrices.
-¿Cómo así?
-Dicen que trabajó en una película.
-¡Caramba!
-En una película porno, Nata, de esas que filman con prepagos.
-Vaya, vaya.
-Yo lo conozco poco, te lo confieso.
-Tranquilo, no voy a pedirte que me lo presentes.
-No creo que tengas esa intención.
-Me conoces bien, ¿ah, Eduar?
-Bastante, cariño. Ven, yo sé a quién debo presentarte.
Le eché una última ojeadita al tal Julián: no era muy alto, pero tenía un cuerpo tan atlético, daba gusto ponerle los ojos encima…
-Ha sido el centro de atracción-me dijo Eduar, andando.
-¿Su cuerpo?
-Vive en el gimnasio.
Buen dato. ¿En cuál de los tantos gimnasios que hay en esta ciudad? Ya lo averiguaría la fan número uno de Julián el pornográfico. Mientras tanto… ¿A quién me presentó Eduar? A un tipito bastante atractivo, pero con muy poco fogaje, ya verán. Puedo decir a favor suyo que recuerdo perfectamente el nombre que le pusieron cuando nació: Edúber. Qué nombrecito, ¿ah?
Después de la presentación, nos pusimos a charlar un poco mientras le echábamos una ojeada a los discos. “Te presento a una amiga que comparte contigo tu gusto por la música”, le había dicho Eduar a Edúber. Pasado un rato, yo preferí olvidarme de la música y entrarle al tema que me sorbía el seso, le dije a mi nuevo amigo que tenía que entrevistarlo.
-¿Entrevistarme?
-Hacerte unas preguntas, querido.
-¿Sobre qué? No comprendo.
-Sólo tienes que responder a lo que yo te pregunte, ¿okey?
-Como quieras, Natalia, tú dirás.
Él tenía en sus manos un disco que recopilaba los grandes éxitos de Juan Luis Guerra. Sonreí.
-Dime, Edúber, ¿a qué te sabe lo de las “burbujas de amor”?
-¿Me sabe?
-Te recuerdo que yo soy la encargada de hacer las preguntas. Va la siguiente: ¿Cómo podría ingeniárselas el chico para pasar de la puerta de la casa al aposento de su amor?
-¿Estás hablándome de Cómo abeja al panal?
-Ya te aclaré que yo soy la encargada de las preguntas. Va otra: El amor puede subirnos la bilirrubina, okey, ¿y el deseo qué?, ¿qué puede subirnos ese arrebato?, ¿qué cosa?
Edúber empezó a sudar.
-Son demasiadas preguntas, ¿no?
-¿Demasiadas?
¡Qué retardado!
-Va la última.
-¿La última?
Ay, Dios, ya me tenía desesperada el tipito.
Estaba sonando La fundillo loco del Joe Arroyo. ¡Uy!, tenía que aprovecharla...
-¿Te gusta Edúber?
-La verdad es que el Joe tiene cosas mejores.
-Muy cierto, pero no fue eso lo que te pregunté.
-Voy a pedir Una aventura.
-Ya para qué, hombre.
-Para que la bailemos. ¿O es que no te gusta?
-¿Una aventura?
-¿Qué te pasa, Nata?
Yo acababa de llevarme la mano a la entrepierna.
-¡Tengo que ir al baño, Edúber!-exclamé, afanada.
-¿Sabes dónde está?
Me animé, se los confieso:-Ni idea. ¿Tú sí sabes, Edúber?
Volteó a mirar hacia donde se encontraba Eduar, maquinalmente, sin duda.
-¿Tú sí, corazón?-insistí.
Le sonó lo de corazón, pero lo que yo esperaba era que su instinto de macho le abriera los ojos. ¡Cuáles ojos!
-Ya le pregunto a Eduar-me dijo, ¡con una amabilidad!
¿Qué podía hacer yo? Me inventé una punzada, que ya se me estaba quitando, obvio.
-¿Una punzada dices?
-Fresco, Edúber, no te preocupes.
-¿Estás segura de que ya se te pasó?
-Por el momento.
-¿Te ataca muy seguido?
-¡Bastante!-exclamé, andando…
-¿A dónde vas? ¿Te volvió la punzada?
-Todavía no; voy a seguir con lo de la entrevista.
Claro que tenía la intención de hacerlo, pero la verdad es que de momento sólo quería quitarme de encima a Edúber. ¿Qué dijo éste?
-Yo creía… yo creía que íbamos a bailar.
No le paré bolas:-¡Juanca!-exclamé, saludando a otro de mis ex compañeros de la universidad.
Juanca me resultó chistoso como siempre; bailé con él para seguir la diversión, fuimos los dos quienes, como dicen, armamos el desorden. Pasado un rato, a Eduar se le ocurrió poner Another one bites the dust, una canción que suele soyar a Juanca y que a mí también como que me eleva un poco. Juanca se me lanzó en el acto, imitando el bailado de Fred Mercury; le seguí la corriente, contagiándome de su arrebatada energía: ¡el muy loco estaba en concierto!... Nos hicieron ronda, fue todo un show, créanme; terminé agotadísima, corrí a pedirle un refrigerio al dueño de la fiesta. Juanca hizo lo propio.
-Te castigamos, ¿oíste?-me dijo éste, ya en la cocina, mirando de reojo a Eduar.
-¿Cómo así que me castigaron?
-Por lo de la entrevista.
¡El tonto de Edúber les había contado todo!
-“¿Burbujas de amor?”. ¿Qué bicho te picó, Natalia?
-No te preocupes, Eduar. Ven, Juanca, ayúdame.
-¿Qué te ayude?
-Vamos a seguir bailando, hombre.
¿Cómo podía ayudarme, Juanca? Formando de nuevo el desorden; porque en medio del caos yo iría a parar directamente a los brazos de Julián el pornográfico, cosa que al final aconteció…
-¡Epa, la entrevistadora!-exclamó el tipo.
Bonito asunto, el tonto de Edúber había abierto la boca más de la cuenta.
-Oye, ¿en verdad eres periodista?-me preguntó a continuación el pornográfico, mientras me zarandeaba al ritmo de La batidora.
-Y tú qué-le dije-, ¿acaso eres actor?
Sonrió, pegándoseme un poquito.
-Sabes defenderte, ¿ah?-me dijo luego, al oído.
Seguimos bailando en silencio. Otros cambiaron de pareja, nosotros no, le jalamos a La batidora hasta el final, sólo entonces volví a escucharle la voz a la nueva figura de la actuación…
-Te voy a dar mi tarjeta-me dijo-; quién quita que quieras entrevistarme.
Le eché una ojeadita al cartoncito, haciéndome la despectiva.
-La verdad es que yo sólo entrevisto a actores ya consagrados-le dije finalmente.
Festejó, y eso me agradó mucho, pero no se lo demostré, no, señor.
-La verdad es que yo necesito ser promocionado-indicó, en un tono que tuvo más melosidad que suplica, por supuesto.
-La verdad…
-¿La verdad es que qué, chica?
-La verdad  es que desconozco tu trabajo actoral.
-¡No te lo puedo creer!
¿Había empezado el jueguito?
-No te creo, chica, porque mira, la película ha alcanzado una gran popularidad.
Me animé:-¿Sí? ¡No me digas!
-Estoy seguro de que tú has oído hablar de ella, hombre, se llama Triple penetración
¿Qué podía decirle?
-Oh, sí, ya me acuerdo. Pero no la he visto, te lo confieso. Tú penetración  fue… Ya me contarás.
-¿Vas a entrevistarme?
-Ahoritica quiero preguntarte algo: ¿Has realizado otros trabajos actorales?
-La verdad es que…
-¿La verdad es que qué, señor artista?
-Que mis mejores actuaciones… ¡uuyyy!
¿Fin de la primera parte del jueguito? SÍ.
-¿Has comprendido, nena?
-Desde luego.
-No del todo, puedo asegurártelo.
-¡Oh, qué misterio!
-Siempre es válido. ¿O no?
-Sin duda, hasta en las películas triple equis.
Sonrió.
-Bueno, como decían antes en las novelas, esta historia continuara…
Sonreí, y sonriendo lo vi alejarse.
-¿De qué hablaban?-me preguntó luego Eduar.
-Del arte de la actuación, amigo mío.
-¿Sí?
-El tipo quiere ser actor de verdad verdad.
-¡Pobrecito!
¿Pobrecito él? Pobrecita yo, estaba visto.
6
Que yo no había comprendido del todo, vaya, vaya. Ya en mi cama, pensé bastante en ese punto: no del todo, no del todo, no del todo…, hasta excitarme. ¿Qué seguía?, me pregunté luego, repetidamente, obvio, hasta que conseguí dormirme; me dormí pero con la pregunta bien metida en la cabeza. ¿Se me salió? Imposible: Qué sigue, por Dios, qué sigue, me pregunté al despertar. Caramba, Natalia, mírate, ya estás pensando en el pornográfico, te has convertido en toda una arrecha, aguántate, ¿sí? Qué sigue, por Dios, qué sigue. Recuerda, Natalia: No del todo.
Se me iluminó la mente: Yo debía esperar. ¿Quién había dicho que la historia continuaba? ¡El pornográfico! ¿La verdad es que qué, señor artista? Que mis mejores actuaciones… ¡uuyyy!
Decidí esperar. Pero bueno, bien podía yo ensayar una especie de Triple penetración… Me confieso: Sentí  por primera vez como se dilataba mi culo.
7
-Alguien preguntó por usted pero después no quiso hablar-me dijo Carla.
-¿Cuándo? ¿Hace mucho?
-No; apenas ahoritica.
-Tengo que irme. ¡Ya casi es de noche!
-¿De noche, doctora?
-La noche empieza a las seis, Carla, ¿no lo sabes?
-Es verdad, usted tiene razón.
-La verdad es que…
-¿Es que qué, doctora?
-Que mis mejores actuaciones… ¡están por verse!
Carla me reparó de pies a cabeza.
-No me prestes atención, querida.
-Está usted radiante.
-¿Sí? La verdad es que…
Y la muy tonta soltó la pregunta:-¿Es que qué, doctora?
-Que sólo se trata de una película-le dije, andando-Chao, me voy.
¿Qué cara puso? Ni idea. “Me importa un culo lo que te estés imaginando, secre”, musité al cerrar la puerta. Un culo, sí.
Ya en el apartamento, procuré darme un buen baño. Luego, pasé a lo de la ropa interior, el vestido y la acicalada…
-¿Prendas intimas negras?
-Negras y muy sexis, zorra.
-Y me va bien un vestido rojo, ¿ah?
-¿Rojo encendido?
-Encendidísimo.
-Perfecto.
-Y el maquillaje…
-Como para el novio, ¿oíste?
¡Cómo para el novio! Listo.
Me miré al espejo: Impactante mi vestido rojo, sin duda; uy, se ajustaba tan bien a mi cuerpo.
-¿Por qué el vestido?
-Porque una mujer aspira siempre a ser desnudada por su amante. ¿Me equivoco? Veo que no. Y digo que si el vestido se ajusta a tu cuerpo…, uy, las maniobras de tu Servidor, quita esto, quita lo otro, van a parecerte mucho más excitantes.
Sonó el timbre.
8
Sonó el timbre y me acordé enseguida de Nicolás…
-¿Detergentes a esta hora?-dije, plantándome ante la puerta.
-Ningún detergente, señorita, sexo, puro sexo, y del bueno.
¿Qué podía hacer la señorita?
-Oh, ha abierto usted.
-La puerta, señor.
-Las señoritas me abren primero la puerta, después las piernas.
-¡Qué optimismo el suyo!
-Confío plenamente en que el paquete de servicios que puedo ofrecerle llamará por completo su atención.
Sonreí, no pude evitarlo, sonreí y el detallo mi vestido rojo…
-Bien, señorita-dijo luego-, me gustaría hablarle ya del mencionado paquete.
-¿Me está pidiendo que lo deje entrar?
-Aún no. Oiga usted: El paquete está basado en las tres escenas principales de Los servicios de Mauro, la película que ha cambiado mi vida…      
-¿Se está poniendo usted sentimental?
-¡Oh, qué injusta es usted, señorita!
-¿Injusta?
Comprendí, y enseguida miré donde tenía que mirar: se le marcaba en el jean una tremenda erección…
-Me vi despojándola de ese hermoso vestido rojo, señorita. Le aclaro: la gran protagonista de la primera escena seria mi lengua…
-Habla usted como si yo…
-¿Como si usted no fuera a hacer parte de la película?
No era eso lo que la “señorita” iba a decir, pero a ver, ¿tenía algo que aclararle el tipo del sexo?
-Concreto mi enunciado: las grandes protagonistas de la primera escena serían nuestras lenguas…
¡Qué vivo!
-…Actuaría primero la de este servidor, por supuesto.
¡La de mi Servidor!
-Veo que se emociona usted.
-No se engañe.
-¡Se emocionaría usted tanto al sentir mi lengua en su coño!
Solté un chorrito. ¿Lo notó él? Sin duda.
-Suelo comerle de tal manera el coño a las damas que mi lengua resulta ser siempre la voraz, ése es su apodo, “La Voraz”…
La cosa me resultó divertida.
-Lo he conseguido, señorita, muchas veces.
-¿Qué?
-Hacer reír a la dama mientras tengo bien metida la cabeza entre sus piernas, para luego atormentarla lo suficiente, claro, enseguida, ahí mismito, como dicen.
-Dígame, en la película…
-…la dama se incrusta aún más la cabeza de Mauro, ahora la restriega contra su coño.
-Pero en todo caso “La Voraz” sigue siendo la protagonista, ¿cierto?
Sonrió, complacido.
-¡Se daría un gran entendimiento entre nosotros dos, señorita!, un entendimiento que coronaríamos acomodándonos convenientemente…
-Dígame, en Los servicios de Mauro
-¿Saca a relucir éste algún manual  para el buen desenvolvimiento de la dama en la práctica de la felación?
Volví a sonreír:-¿Felación?
-Le doy el significado de esa palabra, señorita, dos puntos: “arte que consiste en la estimulación oral del pene” Oral quiere decir con la boca.
-Con “La Voraz”-añadí yo, haciéndome un poco la catedrática, un poco la estilizada.
-Usted no sólo es una persona instruida, ¡usted es una artista!
Uy, me pinté lamiéndole la cabeza de la verga…
El tipo festejó de nuevo.
-Que es sólo una práctica sexual, dice el diccionario, cómo le parece a usted. Sigo: ya acomodados convenientemente, cada uno encajado de cabeza en la entrepierna del otro… ¿Le sonó a manual lo anterior, señorita?
Suspiré, agitándome un poquito…
-¡Caramba, señorita, qué impaciencia!, apuesto a que usted es de las que se desesperan al máximo cuando se les sale la picha.
Volví a suspirar, pero esta vez, digámoslo así,  en otro tono.
-Entre, por favor-dije luego.
-Gracias, muy amable… ¡Oh, qué sofá tan preciso!
Dijo preciso, sí, no precioso.
-Bueno, lo cierto es que también adorna su sala, señorita... Pero tengo que insistir en el otro punto: muy preciso, mandadito a hacer, diría mi abuela.
-¿Tu abuela?
-¡Perfecto! Que me mandes a entrar y enseguida empieces a tutearme. Pero tienes razón en extrañarte, mi abuela nunca fue acomodada en un sofá: ¡Dios, cómo cambian los tiempos!
-¿Quién lo diría?, ¿tu abuela o la mía?
-La tuya, desde luego.
Me encaminé hacia el sofá…
-…para seguirte escuchando tipo del sexo.
-Fui en una época el tipo de los libros, ¿oíste?
-¡No me digas!-exclamé, sentándome en el sofá.
-Vendía textos escolares, enciclopedias, en fin. Un día, el Diccionario Visual del Sexo de no recuerdo qué editorial, me permitió comprobar que yo podía convertirme en otro tipo de vendedor.
-¿El diccionario?
-Bueno, la damita que se interesó en él. “¡Cómo se chupan esos dos!”, exclamó la doña. Y yo procuré instruirla en el acto, le expliqué que la parejita de la imagen estaba practicando el famoso 69, y tú qué crees, me resultó sabihonda, me dijo que lo de la mujer se llamaba felación…
-¡Y lo del hombre cunnilingus!-indique yo.
-Caramba, qué preparación la suya, señorita.
Me acomodé en el sofá, convenientemente, claro. Esperé.
El hombre del sexo me observó un instante, relamiéndose.
-¿Qué diría tu abuela?-se pregunto luego-Apuesto a que no alcanzaría a imaginarse que su querida nieta está a la espera de que le chupen la fruta.
-…de que me la chupes mientras yo te chupo el huevo.
-Déjate el vestido quieto, por favor.
-¿Vas a decirme que una mujer aspira siempre a ser desnudada por su Servidor?
Se acercó un poquito al sofá, sigiloso…
-¿Qué es lo que dicen por ahí?-se preguntó luego-Que una mujer aspira siempre a ser Amada, a tener la seguridad de un Hogar, a tener sus Hijos, a tener que… “¡Mamá, mi popó! ¡Mamá, mi popó!”
-Mami, mamita…-susurré, metiéndome el dedo, procurando, eso sí, que mi espectacular vestido rojo siguiera cubriéndome la carne.
El hombre del sexo se acercó un poco más…
-¿Has adquirido mucha experiencia?-me preguntó, moviendo su dedo explorador.
Extraje el mío, lo chupé, volví a metérmelo.
-¿Oíste el ruidito?
Suspiró, y yo hice lo propio, removiéndome.
-¿Me darías a probar?-preguntó finalmente.
-Ay, Servidor. ¿Cunnilingus significa…?
-Caricia bucogenital a una mujer.
-No me gusta esa definición.
-No, claro que no-dijo, dando otro pasito-.Pero tranquila, tu Servidor sabe perfectamente cuál es la que te gusta…
-No lo dudo.
-Entonces, ¿te concreto lo de mi paquete?
-Digamos que… de momento estoy interesada en el cunnilingus, adquiero ese servicio.
-Bien. ¿Tendrías la amabilidad de acomodar tu culo en el borde del sofá?
-Enseguida. ¿Es necesario que abra las piernas?
-Ya veremos. Se verá, ¿no?
Y empezó la película, una película que cambiaría de nombre a cada rato…
9
Adivinen ustedes quién está plantada ahora frente  a la puerta del señor Nicolás Reyes. ¿Ya? ¿Captaron?
La individua toca la puerta, anunciándose al tiempo:-Una vendedora, señor.
-¿Qué?-se extraña Nicolás, de verdad verdad.
-Ábrame, tengo una oferta buenísima para usted.
Nicolás se acuerda de su gracia:-¿Detergentes? ¿A esta hora?
-Ningún detergente, señor, sexo, puro sexo, y del bueno.
-¡Oh!
-¿Le suena a usted?
Silencio.
-Se trata de un buen paquete, de una oferta espectacular, quiero decir.        
Nicolás abre por completo la puerta:-¿Un buen paquete? ¿Espectacular?
¡Dios mío, qué vergota la del señor Nicolás!
-¿Se quedó usted muda, señorita vendedora?
La individua reacciona de inmediato:-Tengo que hacerle una aclaración, caballero: NO SOY SEÑORITA.
-Bueno, eso...
-Es más, en razón de mi trabajo, ya me la han metido varias veces por el agujerito. Pero no se preocupe, éste sigue igual de apretado.
Nicolás blande ahora su vergota, pero la individua sigue en lo suyo:-Dígame, ¿le gusta a usted el sexo anal? Mi paquete incluye tres mini ofertas que apuntan directamente hacia esa práctica. Digo mini por lo del agujerito, obvio. ¿Le gusta? ¡Oh, me está usted apuntando!
-Ni modo. La garza persiguió y persiguió al burro: “Hazme el amor, burro, ven, hazme el amor”, y el burro se explicó pero la garza insistió…
-¿Le gusta el sexo anal, caballero?-insiste acá la individua, tan osada ella.
-Bien, debo reconocer que usted reúne todas las cualidades de una buena vendedora.
-Honor que me hace usted.
La individua suspira: ¡Uuyyy, qué vergota!
-Es usted una buena vendedora, cómo no. Fíjese que hay vendedoras que empiezan por ofrecerle a uno el producto menos atractivo.
-Se equivocan, fallan.
Vuelve a suspirar la individua: ¡Qué vergota, señor Nicolás!
-Disculpe, señorita, ¿hay vacantes para hombres en su empresa?
La individua está aguantando la risa, se le nota.
Ahora se pone seria, muy seria.
-¿Qué le pasa, señorita vendedora?
-Usted lo ha dicho.
-¿Qué cosa?... ¡Oh, Dios, qué bien la chupa usted! ¡Qué bárbara!... ¿Quiere decirme algo? ¿Va a decirme algo?
-Pues sí, que yo soy la vendedora y usted es el cliente, y que eso tiene que quedarle claro.
-Yo soy el cliente, sí, yo soy el cliente, siga, siga… ¡¿Qué hace?! ¡¿Por qué se aleja?!!
-Era una muestra, señor, sólo una muestra.
-Ya, comprendo. ¿Quiere usted entrar?
-Lo siento.
-¿Qué?
-La verdad es que yo soy una vendedora muy exigente…
-No hay problema, se lo aseguro.
-¿Me garantiza usted que no me va a hacer perder el tiempo, que va a utilizar mis servicios?
-Por supuesto.
-¿Todos mi servicios?
-Todos. ¿Dónde le firmo?
Sonríe la individua, ¡me parece que tengo derecho a hacerlo! Ustedes qué dicen ¿pongo al cliente a que me firme?, ¿sí?...
-¡En toda la cara, caballero!
FIN

Autor: Adolfo B. Yepes